Noticia
04-05-2015 | Argentina
Familias con chicos fueron al hipódromo y disfrutaron de la gran fiesta del turf
Fuente: wgm-la.com/lanacion.com
« Fueron 40.000 personas al Gran Premio República Argentina; hubo comida y música »
 

Lo primero que vio, apenas entró en el Hipódromo de Palermo, fue al caballo número 9, Touareg, con la monta de un hombre menudo con chaquetilla negra. "Gana ése", pensó. Diez minutos más tarde, Touareg cruzó el disco en primer lugar. "Es mi día, tengo que apostar", se envalentonó, siendo un absoluto ignorante de lo que sucede dentro del mundo hípico. Entonces apostó por Río Vettel que se quedó con el Gran Premio de la República Argentina. ¿Suerte de principiante? Quizás.

Más allá de las apuestas y los millones que se mueven en las ventanillas ayer se vivió una jornada en la que el mundo del turf logró amalgamar al clásico burrero especialista con quien pisa por primera vez un hipódromo; a la familia que se lleva los sándwiches y la gaseosa para comer en un banquito con los visitantes VIP que degustan platos de cocina de autor; a los jóvenes con los mayores, y a los que compran la revista Palermo Rosa para apostar con aquellos que se pasan varios minutos mirando al pingo y creen encontrar una señal divina para apostar.

A pesar del cielo sombrío y la lluvia amenazante de toda la tarde -y del fin de semana largo-, unas 40.000 personas estuvieron ayer en el Hipódromo de Palermo para vivir un día de fiesta que se cerró con la música de Los Tekis. El consagrado grupo folklórico, como lo hizo en 2014 El Chaqueño Palavecino, actúo en un escenario ubicado en el centro de la pista frente a la tribuna popular.

La gran apuesta de los organizadores es la 130a edición del Gran Premio Nacional que se correrá el próximo 8 de noviembre. El de ayer fue sólo el aperitivo, como para calentar motores. Desde temprano la gente colmó los asientos y entre tickets de apuestas y bolsas con comida veían pasar los caballos de carrera que entraban en calor para luego saltar a la pista. Era un ritual mágico: cuidador y caballo, convertidos en una misma criatura, y los observadores que miraban fijamente los ojos del animal, las patas y sus músculos.

Mientras transcurría la danza de los equinos a unos pocos metros se levantaba un universo paralelo, totalmente diferente a aquel otro. Un grupo de niñas y niños, como hormigas en fila india, esperaban con sus cascos naranjas para introducirse en puentes, redes, aros y otros obstáculos. Como sucedió en otros grandes premios, las atracciones para los chicos fueron las protagonistas. Hubo piruetas de payasos y equilibristas.

Cerca de ellos un artista dibujaba paisanos de a caballo y la gente se lanzaba sobre los puestos de productos regionales: longaniza, jamón crudo, aceite de oliva, miel y jamón serrano. El mayor éxito fueron los pastelitos y los alfajores de dulce de leche: eran muchos los que masticaban estos manjares dulces mientras paseaban e intentaban no perderse detalles del paso de los pura sangre.

La gente no perdía el apetito ni las ganas de recibir obsequios de las promotoras. Esculturales mujeres jóvenes, vestidas con ropas muy ajustadas de color naranja, ofrecían productos gratis. "No bajo nunca más", se quejó una de ellas. Es que cuando aparecían, con una bolsa llena de mates, la gente se abalanzaba sobre ellas, las arrinconaban y apretaban hasta obtener su regalo.

Entre carrera y carrera, después de las 20, el público comenzó a tomar el centro de la pista a la espera del recital musical, que lentamente fue cerrando la larga jornada. Con el turf como excusa, ayer todos disfrutaron de la gran fiesta.

 
 
 
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